El faro de mi vida

"Palabras salobres" El faro de mi vida

No me atrevería a deciros si en el primer trocito de sueño se me apareció cabalgando una ola del mar.
Por el contrario, os puedo asegurar que los olores marinos muy pronto condicionarían la percepción del entorno, cuando todavía era una chiquilla que se agarraba a las sillas para mantenerse de pie.
Si el olor era de pescado, sabía que habría luz en la casa, alegría en la cama, alguna pastilla de chocolate y, a veces, incluso zapatos nuevos. Pero si era de algas, todas las casas de los pescadores del pueblo se oscurecían y las caras de las mujeres parecían desconsoladas porque temían no tener un plato caliente para servir a la mesa.
Más tarde, cuando las palabras iban adquiriendo consistencia, al principio todas tenían formas relacionadas con el mar. A la novela La festa de tots els morts (La fiesta de todos los muertos), una ojeada conmiserativa a este mundo marinero, la protagonista, una chiquilla que descubre, maravillada, el significado de las cosas que la rodean, dice: "Y aquellas menudencias fluorescientes bajo el agua se llamaban peces, y aquel animal grande que a veces cogía su padre se llamaba mero y también pez, y una infinidad de animalitos de cien mil colores tenían nombres diferentes y también se llamaban peces (...). Muchas noches tardaba en dormirse cavilando sobre nombres..." Llega un momento en que la niña, observando el quehacer cotidiano de aquellas personas encorvadas por el sol y el salitre, se da cuenta que "padecer, llorar, sufrir. Todo ello se llama dolor."
Es decir, tendrá que ir saltando como una langosta entre la tripulación de su vocabulario del mar, para llegar a entender, de forma más íntima, los escollos del dolor y la soledad. El paisaje que más adelante rodeará mis historias, convirtiéndolas en islas. Material arriesgado, de navegadores, de navegadoras entre un viento cualquiera, y a la vez con un impulso espiritual que a menudo se estrellará, como las olas, contra las rocas que circundan las ansias de felicidad, y la esperanza.
Porque ir a la Cala de excursión en bicicleta, el bañador debajo del vestido y la comida dentro de un seroncito colgado del manillar, no era exactamente una carrera con las amigas subiendo la cuesta del cementerio y, de repente, darse un chapuzón. Siempre había un viejo pescador nostálgico que nos hacía mirar hacia el faro. Una especie de verruga encima del hocico de dragón de la boca de la Cala. Más allá, las quijadas enormes y el inmenso vientre del gran mar que reune barcas estrelladas y cadáveres roídos.
Nos habían contado que, durante la guerra, el patrón Pere, y Benet, Jaume y muchos otros, una madrugada, mucho antes de romper el alba, soltaron las amarras y huyeron. Tenían ideas republicanas y tuvieron miedo. No se sabe si pudieron anclar en algun puerto amigo o si, por el contrario, fueron víctimas de la sacudida de una ola. Quizá algun día la marejada nos los devuelva, junto con los pescadores que han naufragado una noche de mal tiempo.
Así pues, nadar entre las barcas era rehacer parte de la historia del pueblo, de la familia, además de experimentar el placer sensual que nos provocaban las embestidas del agua en la piel exultante, ya que en aquellos años de tanta represión sexual en que querían que creyéramos que el propio cuerpo era un sagrario inexpugnable y prohibido, fue el mar, como una ramera inmemorial, el que nos descubrió qué era un amante. También la muerte. Ya que mientras jugábamos buscando una pizca de coral, o persiguiendo un cangrejo hacia su escondrijo, o siguiendo la danza voluptuosa de un pulpo de roca, sentíamos miedo por si encontrábamos los cadáveres de los desaparecidos. A veces hubiéremos jurado haber visto ojos, bocas, extremidades en las protuberancias de cualquier piedra cubierta con la cabellera pajiza del musgo. Entonces, un poco aterrorizadas, decíamos: he aquí uno de los ahogados que ha regresado.
Por la garganta de la Cala, bajo el ojo vigilante del faro, también vimos como se acercaban los primeros aires de modernidad. Yates blancos, con banderas chillonas, iban entrando en el pequeño muelle, aserrando, con orgullo y altivez, la densidad del azul tenaz del agua de la caleta del Boira. Seguidamente, por la pasarela, paulatinamente, con elegancia, bajaban hombres morenos con bermudas, y mujeres con biquini y cabelleras rubias como el pan que tanto escaseaba, y un cigarrillo entre los labios rojos como las cerezas que las campesinas, a precio de oro, llevaban al mercado los sábados.
Los pescadores se lo miraban sorprendidos y al mismo tiempo enfurruñados. No les gustaba aquella súbita intromisión que iba rompiendo el equilibrio de sus costumbres y creencias ancestrales. Aquel encaje en el territorio de su memoria.
Era el progreso y lo observaban con desconfianza.
Progreso económico y al mismo tiempo liberador de tabúes porque, como un dispositivo que hace saltar explosivos en un campo moral lleno de minas que el régimen y la iglesia católica habían ido sembrando, dejaba terreno suficiente para nuevas alegrías, visiones más amplias y, sobre todo, la capacidad de escoger otros caminos. Otras pesqueras. Puesto que en aquellos yates se celebraban fiestas sonadas en las que pronto invitarían a los más audaces del lugar y, en medio de un derroche de luces de colores y música, empezó a trafiquearse, sutilmente como las corrientes marinas, con el placer y la marihuana.
Mientras, la muchachita que quería ser novelista y anhelava que el mar y su gente cupieran en una plaquette de papel cuadriculado, lo devoraba todo con los ojos. Rápidamente iba fijando imágenes porque ahora, en sus apuntes mentales, quería incorporar este otro modo más placentero pero al mismo tiempo peligroso de enfrentarse con el mar, y con el destino.
He dicho antes que mis novelas suelen tener forma de isla. Me refería a que, normalmente, cuando uno de los personajes se encuentra en medio de un percance emocional, siempre choca con la barrera del mar, ya sea facilitándole la huída, ya cortándole el camino. Y es que la geografía de su mapa de sentimientos suele seguir las curvas del perfil de la isla, aquella sensación constante de claustrofobia, de aislamiento.
Femeninos, la mayor parte de los protagonistas de mis novelas, sufren la isla como si fuera su cuerpo físico, y el mar un poco como parte de su alma inquieta que busca grietas para trascender la linea del litoral que le ha comportado tantos siglos de servitud. De humillaciones.
La mujer abrigo de marineros cansados.
La mujer sometida a vejaciones patriarcales.
Mar y mujer en la complicidad y el deseo.
No hay en mi narrativa ninguna historia de amor, o de venganza, o de transacción, que no tenga la influencia asoladora pero tambien embrujada del mar. Con su irresistible capacidad para seducir las palabras.
Naturalmente, bajo el ojo imperativo de El Faro de mi vida.

XVII Galeusca / Lekeitio 2000

Vicens, Antònia