Hacia Frankfurt

La cultura catalana, ¿estará a la altura del reto de Frankfurt 2007? ¿Harán sus deberes las empresas editoriales y sacarán provecho de una ocasión sin precedentes? Y la administración, ¿hará también sus deberes, cogerá el timón sin ambigüedades y servirá al país como al país le conviene? Aunque, ¿podemos decir qué conviene al país? ¿Qué espacio de consenso sabrán construir hoy por hoy el sector editorial, la sociedad literaria, los gestores políticos? Demasiados interrogantes ante los que no debemos esperar mucho a juzgar por los debates de los últimos meses, en realidad una ausencia fatal de debate honesto y productivo.
Se ha sembrado confusión discutiendo si Frankfurt invitaba a la literatura o a la cultura catalana. Una discusión por lo menos ociosa: el marco incomparable de la Feria obliga a articular la respuesta a la invitación alrededor del libro y la literatura. Seguro que los espectáculos gastronómicos y las fiestas teatrales serán lucidísimos, pero sería bueno no confundir, como decimos aquí, el “farciment” y el “gall”. También se ha puesto de manifiesto el malestar de buena parte de la sociedad literaria catalana, que teme –como sucedió, sólo en parte (pero sucedió), en Guadalajara– que en la práctica haya dos programas, uno de prestigiado y otro d’“estar per casa”, y adivinen en qué lengua escribirán los protagonistas de uno y otro. El gobierno ha reaccionado hablando de la necesidad de discriminación positiva hacia la literatura catalana y de la presencia en Frankfurt como de una radiografía de la realidad bilingüe. Y estas respuestas son, para mí, de lo más descorazonador.
Creo que ha habido dos aportaciones sugerentes a este debate casi ausente. La de Espinàs, que espetó la conveniencia de llevar allí a nuestros clásicos universales. Y la de Palol, aun cuando algunos pudieran considerarla interesada, que recomendó promocionar a unos pocos y sólidos autores vivos. Son sugerentes, digo, porque ponen el ojo en la única cuestión que cabría discutir: ¿qué esperamos de Frankfurt?, ¿qué espera nuestro gobierno, que responderá a la invitación a través del Institut Ramon Llull, de la presencia en la principal Feria del Libro? Espinàs reclama la importancia de utilizar como tarjeta de presentación la tradición universal propia. Palol advierte contra la tentación de acontentar poco a unos muchos en lugar de comprometerse con unas pocas apuestas fuertes. El viaje a Frankfurt merece el esfuerzo si supone un punto de inflexión en la proyección exterior de la cultura catalana, si este punto de inflexión se materializa en la incorporación de la marca “literatura catalana” al circuito internacional y si todo ello redunda en el prestigio interior de nuestros escritores, de nuestra cultura literaria.
La cuestión nuclear que subyace, pues, es qué es la cultura catalana. Yerran los que pretenden confundir la o las culturas de Catalunya con la cultura catalana, yerran por ignorancia, por complejos o por desprecio, por aprioris ideológicos o por mala fe. Identificar ambas cosas, es decir pretender extender la política cultural barcelonesa al conjunto del país, es por lo menos suicida. El proteccionismo que defendía Mieras en el Parlament es incompatible con la radiografía que allí mismo anunciaba unos días antes Maragall. Si no nos enorgullece lo que nos singulariza, si no creemos en la propia literatura y en las posibilidades de la lengua en qué se expresa, mejor será lanzar el sombrero al fuego.

 

Oriol Izquierdo