Revelación en Valencia

Guillamon, Julià
Quaderns Divulgatius, 25: Premis de la Crítica de l'AELC 2004 novembre del 2004
 

En 1981 un grupo de escritores jovencísimos acudimos por primera vez a los Premis Octubre. Nada más llegar, nos metieron «com uns pollets» en un teatro del barrio del Carme a escuchar al gran filólogo Manuel Sanchis Guarner. «¿Cuáles son para usted las mejores novelas valencianas de los últimos años?», le preguntaron. Sanchis señaló Crim de germania de Josep Lozano, Tots els jocs de tots els jugadors de Joan Oleza y El desig dels dies de Joan F. Mira. Yo era entonces muy aplicado, al regresar a Barcelona me las leí las tres. En el libro de Mira descubrí unos valores poco comunes: una percepción de la historia personal relacionada con los grandes ciclos antropológicos, una voz narrativa entre la confesión y la necesidad de objetivar las propias experiencias a través de la cultura. En 1989 Mira publicó Els treballs i els dies, que trasladaba los trabajos de Hércules a la Valencia posmoderna. Para los autores más despiertos del baby boom fue un libro de culto. Releída varias veces me parece una de las mejores novelas catalanas del siglo XX. Este Purgatori es su continuación y, desde que se anunció, me desvivo por leerlo, lo anhelo, lo espero.

Es una novela sensacional. En Els treballs i els dies Mira adoptaba un tono de grotesca fantasía para parodiar el afán de Jesús Oliver de reconstruir el orden perdido (ciudad ideal, biblioteca completa, libro total). Aquí ha depurado el estilo y ha conseguido una sobriedad y una complejidad de discurso que le permiten afrontar el dolor y el sufrimiento humano, la decadencia y la muerte, con una dicción severa, reservada sólo a los más grandes. Mira describe la evolución de un enfermo terminal de cáncer, de manera realista y a la vez simbólica, a la manera de Espriu en El doctor Rip. El cáncer de pulmón de Josep Donat es un reflejo de la enfermedad que sufre Valencia, una explosión de síntomas anómalos que proceden del fondo del sistema. Como Hans Castorp en La montaña mágica, Salvador, el hermano, atraviesa las diversas instancias de dolor, en un proceso de depuración, una educación penitencial que le llevará a superar los remordimientos e iniciar el camino hacia una nueva existencia.

La novela se compone de una serie de itinerarios por la Valencia de las nuevas urbanizaciones y los ensanches, sometida a cambiantes efectos de luz que realzan su carácter espectral. Salvador Donat cubre los siete sectores del purgatorio a pie, en una vieja Harley Davidson matrícula de Río Muni y en un Mercedes con chófer negro (el Virgilio de esta Comedia, Teodor Llorens, hijo natural de un marchante de maderas y homónimo de uno de los padres de la Renaixença valenciana). Las páginas que Mira dedica a El Corte Inglés, paraíso de siete niveles, o a los culebrones de la tele, moderno rosario de goce y dolor, están llamadas a hacerse leer mientras dure el paradigma actual de individualismo de masas. Como los retratos alegóricos del enfermo de sida, de la putilla heroinómana, del presidente del «casal faller». Como la descripción de la enfermedad del hermano, el ambiente de la UCI, las bromas a las ex esposas a lo «Volpone», la última cena de empresarios en el Restaurant Savarin Cuisine, el entierro que señala para Salvador la pérdida del «darrer lligam directe amb els inicis de la pròpia vida».

Tras la primera lectura sobrecogedora, uno puede entretenerse comparando imágenes i símbolos con la traducción de la Comedia. Descubrir que los arrepentidos de última hora que aparecen en el canto V son los tres accidentados que la Valenciana d’Ambulàncies transporta de madrugada al hospital de la Fe. Que la caricia de Matilde en el ascensor equivale a las siete letras «P» que un ángel graba en la frente del poeta al entrar en el purgatorio. Que las almas de los ilustres que salen al encuentro de Dante y Virgilio en el canto XI son los patriarcas del callejero y las estatuas que decoran replazas y paseos: Teodor Llorens, el Marqués del Turia, importador del guano que multiplicó la productividad de la huerta valenciana. Que cuando Mira alude a los asistentes al entierro como hormigas «que es troben, es saluden, es besen amb els mínims besos seus, amb el mínim contacte d'un mínim instant», la imagen procede de unos versos del canto XXVI: «Sense deixar la fila fosca/ les formigues es toquen el musell/ i s’espien potser camí i fortuna».

Entre los muchísimos aciertos de este libro yo destacaría la confrontación de caracteres entre los dos hermanos (el empresario de éxito, baranda, putero; y el médico rural, que dedica todos sus esfuerzos a desaparecer del mapa, y que acaba adoptando la mirada y el lenguaje de los cartujos). A partir de la trama de La Divina Comedia, que manipula a voluntad, Mira suspende consideraciones acerca del dinero, del poder, del sexo, reflexiones sobre la fractura de generaciones, sobre la negligencia de los próceres valencianos, el olvido del pasado (incluido el pasado colonial, la riqueza que llegó a Valencia desde Guinea). Gracias a su esencial realismo, la novela consigue captar la agitación de la vida moderna sin perder nunca el tono solemne, patético, que pasará como una de las grandes aportaciones de esta novela a la prosa catalana contemporánea. Purgatori es un libro impecablemente resuelto e inacabable. Demuestra que, en contra de lo que algunos van rajando por ahí, nuestra literatura está a punto para producir grandes obras. Bendito sea Sant Jordi.

(Aricle publicat a La Vanguardia, el 19 de març de 2003)

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