Concupiscente galimatías

Benach, Joan-Anton
Quaderns Divulgatius, 30: Premis de la Crítica de l'AELC 2006

 

A principios de los años setenta, en compañía del inolvidado Xavier Fàbregas, tuve el privilegio de asistir al nacimiento, como autor dramático, de Rodolf Sirera (València, 1948), precoz galardonado con el Premi de Teatre Ciutat d’Alcoi. Y desde Homenatge a Florentí Montfort (1971) y Plany en la mort d’Enric Ribera (1972) –perfectamente heréticos para la caverna hispano-levantina– hasta ese Raccord (2004) que acaba d’estrenar el Nacional dentro del Projecte T6, creo haber seguido toda la producción teatral del autor, compartida en algunos textos con su hermano Josep-Lluís.

En tan dilatada trayectoria, con más de una quincena de obras perfectamente asentadas dentro del mejor teatro catalán, se aprecian, lógicamente, unas preocupaciones recurrentes. Figuran, entre ellas, las referidas a la memoria de los tiempos cambiantes, que el autor combina con una visión ética, personal y social, irrenunciable y un cuidado exquisito de la escritura dramática.

Raccord participa de estas cualidades, insertas en una arquitectura argumental francamente ambiciosa. La acción transcurre en tres momentos históricos: los veranos de 1929, 1969 y 2009 (2003 en el original). Junto con los personajes respectivos, unidos por las relaciones parentales varias, esos períodos se entrecruzan en un mismo paisaje mutante. Sirera propone en el texto «una platja imprecisa», pero son elocuentes las sugerencias que indican que se trata de Malvarrosa, con su viejo tranvía y castigada por un proceso urbanizador imparable.

Raccord es un auténtico rompecabezas. El autor quiso que quedara claro desde el principio, con una proyección ad hoc. A través de otras imágenes escenográficas y de unas acotaciones minuciosas, Sirera pretendía, asimismo, orientar al espectador por el laberinto de los tres instantes cronológicos entrelazados y de los vínculos que sus protagonistas mantenían entre ellos. Sin embargo, Carme Portaceli, directora del espectáculo, no ha tenido piedad para ese espectador y le ha borrado muchas pistas del original, dejando sólo el vaivén de la cifra anual correspondiente a cada secuencia, proyectada a gran tamaño. La escenografía (Alcubierre) es desnuda, sin alusión visual ninguna a los dos inmuebles que anotaba Sirera en sus acotaciones, oscureciendo con ello la pirueta de contemplar el paisaje marino, unas veces desde la playa y otras desde el agua. A causa de tales escamoteos, el juego del autor se ha convertido en una muestra del teatro del desconcierto en el que el público se ve obligado a constantes interrogaciones y conjeturas. La muy fría acogida que tuvo el estreno del espectáculo fue la lógica consecuencia de la traumática cirugía que Raccord sufrió a lo largo de su montaje. Por mi parte, decepcionado, me apresuré a cumplir con mi aplazado compromiso de lectura del texto (Proa, 2005) y puedo certificar que ella resulta bastante más gratificante que esta puesta en escena del TNC.

Hubiera bastado suministrar una hojita miserable, ubicando los personajes y las épocas, como lo hace Sirera en el libro, para que Raccord circulara de modo mucho más confortable. No se entiende en modo alguno, para qué ha servido en este caso el espíritu del Projecte T6, basado en una franca camaradería manufacturera entre todos los responsables del montaje. Sólo cabe deducir que el propio Sirera habrá sido cómplice del concupiscente galimatías en el que se ha enfangado Raccord.

Y es una lástima, porque Portaceli logra uno de los mejores trabajos como directora de intérpretes: en sus respectivos papeles dobles, formidable Artur Trias, muy bien Francesca Piñón, Òscar Intente y la joven Mar Ulldemolins.

La Vanguardia, 15 d'abril de 2005.

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