De perdidos, al río

La Vanguardia. Culturas, 25 de març de 2009
Galves, Jordi

En cierta ocasión Carles Miralles (Barcelona, 1944) dijo que no se había ido y yo creo que no se va a poder ir nunca. El respetable profesor y poeta acababa de vencer a la enfermedad y a la muerte y lo contó con impertinencia y desahogo desde el título de su libro No me n’he anat (2007), como asegurando que iba a estar siempre ahí dispuesto, a mano del lector, despabilado y entero, como uno de esos viejos y sabios mitológicos de pelo cano y mirada eterna, para lo que pudiera aprovechar. Los de griego, los helenistas, ya suelen tener esto. Saben la medida y el peso de palabras difíciles como tiempo, imagen o crueldad que en otras manos serían grandilocuencia. Ahora las tenemos juntas en este nuevo título aliñado con un hipérbaton violento. Lo rojizo y sanguíneo, lo atroz de nuestro tiempo y de nuestra vida acaba pareciéndose a un sueño porque en realidad es un maldito sueño, apenas una maldita sombra de lo que debiera ser la vida.
Con el hipérbaton Miralles alude a lo terrible del mundo y es en ese estilo trunco e incómodo –poco inteligible a veces, encabalgado y duro, antimelódico– en lo que más se nota su cercanía a Riba y Espriu, poetas catalanes del dolor y de la insatisfacción. Dan mesura a un fondo de dramatismo romántico. En esa senda Miralles busca la belleza con denuedo: «He provat de recollir l’ombra fugissera dels dies, roja de sang, amb paraules treballades per ser belles i per a il·luminar el món i la condició dels humans.» Su ventura es la del intelectual formado al abrigo del idealismo alemán, una perspectiva del mundo que lo quisiera todo sostenido a la idea civilizadora de la razón que se impone a una naturaleza siempre enemiga del ser humano. «La neu / la neu la neu. Arreu soldats de foc / ja ha colgat, i no saps / de quin cel que no veus / deu estar penjada la lluna, / l’arbre gèlid de la seva agonia / al teu cor, on arrela.» La búsqueda de la literatura idealizada supone despreciar lo momentáneo, complejo, y también la cultura del ocio, lo que no ha sido tocado por la pureza. Miralles impone la grandeza de sus conocimientos como tabla de salvación en un mundo donde todo es zozobra, donde el río de Heráclito siempre resulta ser el mismo porque ¿qué mas da la realidad cuando no nos aporta más que dolor?