Digamos metafísica

La Vanguardia. Cultura/s, 17 de març de 2010
Antich, Xavier

Los últimos versos publicados por Antoni Marí databan de 1998, cuando apareció El desert. Le habían precedido El preludi (1979) y Un viatge d’hivern (1989), cumpliendo el rito nunca anunciado de un poemario por década. No porque su autor sea lento, sino porque la palabra poética necesita de una maduración que no entiende de urgencias. Gil de Biedma sólo escribía un par de poemas al año. Consciente de que la trilogía había acabado por constituir un ciclo poético y vital, Marí los recopiló en Tríptic des Jondal (2003). Aquella vía interior de un itinerarium mentis ya estaba cerrada: «Tènue, la llum s’apaga, definitiva». Y, sin embargo, la pregunta por el retorno ya estaba ahí: «Quin jorn serà aquell de la tornada, / l’instant resolt del reconeixement, / aquell pel qual es muda el pensament / per la clara presència de l’albada?» Fuera lo que fuera lo que viniera después, a través del poema, sería otra cosa: más que una continuación, la exploración de nuevos territorios, el cincelado de una nueva lengua. Doce años después de El desert aparecen los versos de Han vingut uns amics. Y no es un libro más, sino un libro otro. Intenso y deslumbrante, como los que lo precedieron.

Huelga decir que el poeta Marí es inseparable del narrador, del filósofo y del ensayista. Autor de una obra insólita en las letras catalanas por el alcance de sus territorios y su ambición y coherencia, Marí hace décadas que teoriza una personalísima poética. Ya en 1988, en Camí de l’alba (La voluntat expressiva), escribió: «El poema sorgeix en un enfonsament del jo. En el naufragi d’aquell llenguatge que constitueix l’afirmació del jo i de la seva diferència.» Y: «Sóc, si sóc, el meu cant, la paraula que dic, la paraula que em diu, que fa renéixer en mi el que de mi desconec.» La palabra y la vida: el poema que surge de la propia experiencia y la vida que se dice y se conoce a través del verso: «L’acte d’expressar la intimitat és, doncs, una exploració de la pròpia intimitat, de les pròpies emocions, sensacions i percepcions» (La vida dels sentits, 2004). Pero no hay fórmulas y, cuando se da con la forma, es la exigencia del decir la que halla su modo de cristalización. El tríptico de Marí era fragmentario, concentrado y denso: cada poema, y cada poemario, destilaba su propia atmósfera, su reconstrucción particular de la experiencia. Con su último libro, sigue indagando el lugar de la poesía, hoy, cuando podría parecer más prescindible que nunca: no se ahorra ni la tentación de abandonar el espacio poético («Hauria de començar per estalviar-me la poesia»), aunque pueda más la certeza que siempre han tenido sus versos: «Adequar la poesia a la nova manera de viure / i ajustar la vida a la vida de la poesia.»

El libro posee un aire de transición indefinida: «El que és passat no hi és / i encara no ha arribat el dia que vindrà.» Pero cada mundo tiene su lenguaje, como el olvido sus símbolos, dice Marí, y es preciso dar con ellos. El poeta está en la cama, enfermo, desde hace tiempo, alejado de todo, postrado por un inevitable reposo tras la reconstrucción de la columna vertebral. Las prescripciones médicas son tajantes: estarse quieto, no moverse, no leer, no pensar. Todo eso duele, pero la experiencia busca las palabras para poder decirse, entender las cosas, explicar su significado. De ahí el largo poema que fluye, sin interrumpirse, a pesar de la organización en diecisiete momentos, al modo de scherzi, en los que uno lleva a otro, como una conversación, consigo mismo y con los otros. Un poco como aquel «Háblame como la lluvia y déjame escuchar...», de Tennessee Williams.

«Han venido unos amigos», primer verso y último, además del título del libro. Las visitas, «que fan que m’oblidi de mi» y que aquí son mucho más que esa obra de misericordia de El vas de plata: sobre todo, la destilación de una soledad compartida. Hace tiempo que Marí había descubierto que «en l’escriptura, com succeeix també amb la parla, hi ha una clara sortida del jo cap al nosaltres». O: «Potser l’escriure és romandre en la soledat en què un està a la recerca del que hi ha del jo en el nosaltres.» Pero aquí los otros que llegan y visitan al poeta, enfermo, son mucho más que un acto de cortesía: son lo esencial de la experiencia. Hay que recurrir a Lévinas: «Sólo un ser que haya alcanzado la exasperación de su soledad mediante el sufrimiento y la relación con la muerte puede situarse en el terreno en el que es posible la relación con el otro.» Y ahí está el poeta, hablando, en el poema, de sí y de los otros a los otros: desde el yo roto, enfermo, en el momento de cambiar de piel, como cambia, también, el poema, y con él la poética. El último libro de Marí está atravesado por una música, «la solitud que mai no m’acompanya»: el yo vuelto hacia su propio dolor atento a las voces que le vienen de fuera y que, más que compañía, tienen el carácter de una auténtica «venida». Bien-venida, hospitalidad, revelación.

Y el poema regresa al escenario infantil, en el dormitorio de los padres, a primera hora de la mañana («torno a ser el nen agafat al coll del seu pare, / en una nit de trons i llamps») o a la casa de Petrarca. Hablando del yo para los otros, en los otros. Experiencia de la vulnerabilidad radical como fundamento de la amistad. En su última visita a Barcelona Steiner confesó: «Nos hace falta con urgencia una antropología política y social del corazón. Quizás la función de la existencia después de las atrocidades de nuestro tiempo sea mostrar que podemos vivir como huéspedes los unos de los otros. Huéspedes de la vida.» Ahí encontramos al último Marí: «Sí que és cert que la poesia, com la música, / pot oferir una dimensió nova, diguem-ne metafísica, del que és passar pel món.» Es difícil pedirle más al poema, pues eso, en cierto sentido, lo es todo.