Una Mary Shelley en Beneixida

Valencia Plaza, 10 d’abril de 2016
Martí Domínguez

Con la novela Les mans de la deixebla, la escritora y artista Anna Moner (Vila-real, 1967) irrumpió con fuerza en la literatura valenciana. En esta obra reconstruía con sorprendente habilidad un ambiente dominado por la alquimia y la ciencia, por las luces del conocimiento y las tenebrosas atmósferas de las salas de disección anatómica. A este título le siguió El retorn de l’hongarés, donde de nue­vo conjugaba magistralmente la recreación de ambientes (el París del siglo XIX ) y el cultivo de una ciencia inquie­tante, cuando no morbosa, como es la forense. «Bebo de la novela gótica» me confiesa, «aunque lo que realmente me interesa es viajar a los inicios de la ciencia. Ahora, ya no se investiga con cuerpos muertos, sino con vivos. Pero buena parte de nuestro conocimiento anatómico provie­ne del estudio de los cadáveres, de esas salas de disección que tantas veces se han pintado, del comercio de cuer­pos...». Y es bastante cierto: pienso en Laurence Sterne, el célebre autor de Tristram Shandy, cuyo cuerpo fue robado del cementerio y se sospecha que sirvió para ese escabroso­ propósito científico. Un final que, sin duda, parece salido de su gloriosa y heterodoxa novela.

Anna Moner nos recibe en su domicilio de Beneixida, una casa de pueblo, de nueva construcción. La «pantanà de Tous» asoló el antiguo municipio y ahora este nuevo pueblo, situado a dos quilómetros del antiguo, se parece más a un complejo residencial que a una villa de la Ribera Alta. Anna Moner es licenciada en Bellas Artes, y forma equipo artístico con su marido Sebastià Carratalà. En la planta baja tiene el estudio, donde desarrolla su obra plás­tica, y en el primer piso está su escritorio, enfrentado con el de Sebastià. En toda la casa reina un ambiente dedicado al cultivo de la cultura: sus artículos, publicados en su mayor parte en el diario La Veu del País Valencià, son muy leídos y comentados, por la capacidad con la que recons­truye la intimidad de personajes claves de la historia cultural. Un texto suyo sobre Paganini o Artemisia Gen­tileschi nos introduce en sus vidas con una gran dosis de convicción y clarividencia. Recientemente ha recopilado una selección de artículos en un volumen de título Gabinet de curiositats, un nombre que muestra las inquietudes naturalísticas de la autora.

En aquella casa se vive en un envidiable retiro intelec­tual. «Llevamos una vida monacal: no salimos casi, no pa­ seamos, nos recluimos en casa hasta el extremo de que los vecinos a veces piensan que estamos de viaje». Anna Moner por la mañana trabaja en el estudio de pintura, y las tardes las dedica a la escritura y la lectura. Trabaja con disciplina, marcándose un horario, porque si no el tiempo pasa sin provecho alguno. «Para mí todo es arte» concluye un poco sorprendida cuando le pregunto cómo consigue conciliar la pintura con la escritura. «Escribo utilizando imágenes, intento transmitir lo mismo con la pintura... En El retorn de l’hongarès se produce una especie de travelling narrativo, como si el personaje llevase consigo una cámara y fuese grabando todo lo que encuentra, cuando entra en el Moulin Rouge, por ejemplo». Anna viste de negro, es alta y esbelta, y sus cabellos oscuros y muy rizados le caen por los hombros. Sus manos, muy ensortijadas, se mueven nerviosamente, y de vez en cuando ríe alegremente, y la cara se le ilumina. Se queja de que no la dejo hablar, de que la interrumpo cons­tantemente, y quizá es cierto. «Nos parecemos mucho» concluye riendo, aludiendo a que ambos queremos imponer nuestro parecer. «En mis novelas hay muchas cosas que se mezclan, pero se produce un equilibrio constante entre la ciencia y el arte. Antes a los científicos les interesaba mucho el arte, la representación de las cosas, plasmar la realidad, ahora este interés se ha perdido. En mis libros intento re­cuperar esas sinergias, esos hilos rotos. Sí, quizá en algunos momentos mi literatura es algo macabra, pero la ciencia de aquellos días también lo era... No creo que exagere; busco recrear esa atmósfera. Además en Les mans de la deixebla es una mujer quien investiga, algo del todo inconveniente en su momento... Creo en la diversidad literaria: ahora parece que tan sólo se puede elaborar un tipo de literatura, pero a mi no me gusta seguir ninguna norma».

Le comento que su escritura me recuerda a la de Pilar Pedraza. «Sí, me gusta mucho. Ella es más fantástica, yo me acerco más al precipicio... También me interesa mucho Mary Shelley, claro... Frankenstein es una novela que tan sólo se puede entender bien si se conoce mínimamente el ambiente científico de su época, los experimentos galvá­nicos, el descubrimiento de la electricidad. Es una gran novela sobre su tiempo... Algo parecido busco con mis textos, reproducir aquellos momentos en los que la cien­cia salía de la alquimia y de la magia. Fíjate, me interesa la magia porque tras cada truco hay una explicación cientí­fica, de óptica, de física...».

Mientras hablamos Sebastià sigue atento a sus palabras. Se conocieron en la facultad y desde entonces han traba­jado juntos. Más de treinta años de colaboración artística. En un principio investigaban temas relacionados con el paisaje local y la percepción de la naturaleza, en la estela del laureado artista Perejaume, pero su pintura ha evolu­cionado hacia una obra más conceptual y de denuncia. Me admira aquella larga relación profesional, bastante insólita en la historia del arte. Aunque ciertamente en su momento se formaron muchos grupos, como el Equipo Crónica o el Equipo Realidad. Le pregunto cómo es que no hace un tipo de pintura más próxima a su literatura. «¿Más macabra?» apostilla con retintín, riéndose. «Bueno, ahora la nueva serie lo es un poco... Aunque el hecho de formar equipo me obliga a ceñirme a un proyecto común. Todo lo que pintamos lo consensuamos antes».

En una pared cuelga un gran plano de París, que pron­to será sustituido por otro, para su siguiente novela, aun­ que se niega a proporcionarme ningún dato más. En general, al escritor no le gusta hablar de sus proyectos, y Anna no es una excepción. Le pregunto si tiene algún autor en valenciano que le resulte particularmente próxi­mo, o que le haya influido literariamente, y duda un mo­mento. «Si digo uno y me dejo otro...». Insisto y por fin me cita a Josep Lozano, y, en concreto, el relato «Les dents», una historia terrorífica que, según ella, causa verdadero miedo. «Fíjate, me interesa también mucho Edgar Allan Poe. Dirás: ¡claro! Pero Poe fue un escritor muy preocu­pado por la ciencia...».

Se hace tarde y Jesús Císcar inicia la sesión fotográfica. Anna está nerviosa y no sabe si mirar o no a la cámara. Jesús la tranquiliza y la va guiando un poco. En ese momen­to, pasa por la calle el coche de la policía municipal anun­ciando por los altavoces el bando, y en concreto la posibi­lidad de comprar lotería en el bar del Cantó. Una nota pintoresca que la hace reír y que facilita el trabajo del fotó­grafo, que dispara reiteradamente para fijar aquel gesto feliz. Antes de irnos Jesús le pide que le dedique el catálogo de su última exposición. «Te advierto de que mi letra es demoniaca...» comenta la autora. No podía ser de otro modo, apunto yo, rápidamente. Pero Anna simula que no me ha escuchado.