40 años de 'El zoo d'en Pitus' y 'La casa sota la sorra'

Pocas veces tiene la literatura catalana que conmemorar el mismo año el cuadragésimo aniversario de la publicación de dos obras de referencia en el ámbito infantil y juvenil. Son ya unas cuantas generaciones las que han empezado a leer con la primera novela que publicó Sebastià Sorribas y las que han afianzado el placer de lectura a través de uno de los títulos más emblemáticos de la prolífica carrera literaria de Joaquim Carbó. Dos obras que aparecieron en el silenciado panorama de la literatura en catalán para niños y jóvenes desde que se instaurara la dictadura, tras la victoria franquista en la guerra civil española.

Durante las décadas de los 50 y los 60, el mercado literario catalán para los lectores más jóvenes empezó a dar atisbos de una lenta recuperación impulsada por la creación de la editorial La Galera y la colección La Xarxa, auspiciada por los editores de Publicaciones de l'Abadia de Montserrat, y con la aparición de dos de las revistas más emblemáticas dirigidas al público infantil y juvenil: Cavall Fort y L'Infantil, rebautizada en 1973 con el nombre de Tretzevents. Fue precisamente durante los años 60 cuando padres y maestros adoptaron una posición de rechazo a los planteamientos educativos del régimen y decidieron impulsar una reforma didáctica en las escuelas basada directamente en los movimientos pedagógicos europeos de la época. Un grupo de educadores fundó en 1966 la Associació de Mestres Rosa Sensat, cuyo principal objetivo era apoyar las iniciativas vinculadas a este deseo de renovación pedagógica. Esta nueva realidad educativa recibió un espaldarazo definitivo con la aparición de una nueva conciencia editorial catalana en el seno de la cual aparecieron las obras de un grupo de creradores entre los que se contaban Sebastià Sorribas y Joaquim Carbó, que ofrecieron sus primeras novelas para el público no adulto.

Dos obras imperecederas
Si bien El zoo d'en Pitus escoge un escenario que en su época debía de resultar muy cercano a los lectores —una ciudad resuelta a convertirse en el núcleo urbano duro y anónimo que absorbía importantes flujos de población rural, en la que los niños jugaban en la calle, huyendo de las estrecheces de los pisos de los barrios menos prósperos—, la acción desarrollada en La casa sota la sorra se traslada a las lejanas tierras de Egipto y Sudán. Un ejercicio de novela de aventuras con una nada desdeñable dosis de misterio que la convierten en una entretenida obra de escapismo, alejada de la realidad social de los últimos coletazos de la dictadura. Acaso las razones de lo imprecederero de ambos libros deban buscarse en el realismo de la primera, y en la voluntad de evasión, de la segunda: los lectores actuales de la novela de Sorribas se sienten atraídos por un tipo de vivencias que, por razones cronológicas, no son capaces de reconocer como propias, mientras que los adolescentes que se acercan a la primera aventura del joven Pere Vidal y de su inseparable compañero Henry Balua dejan volar su imaginación a través de personajes y escenarios dotados de un cierto aire exótico (quizá mayor en la época en que apareció la primera edición de la novela de Carbó). En cualquier caso, y sin querer menoscabar el valor intrínseco de ninguno de los dos textos, cabe no pasar por alto que tanto El zoo d'en Pitus como La casa sota la sorra hace años que se convirtieron en lecturas bien obligatorias, bien recomendadas, en escuelas de Primaria y en institutos de Secundaria, respectivamente.

El zoo d'en Pitus
Al relatar la gestación de su primera novela publicada, Sebastià Sorribas nunca olvida el consejo providencial que recibió de su amigo el escritor Paco Candel, a quien le pidió su opinión acerca de un cuento para niños que había presentado al concurso de relatos que cada año convocaba la empresa para la cual trabbajaba. El cuento fue del agrado de Candel, que animó al escritor en ciernes a escribir una novela dirigida al público más joven con el fin de presentarla al recién creado concurso de novela infantil y juvenil, Premio Folch i Torres. Sorribas se puso manos a la obra, terminó el texto —El zoo d'en Pitus— en poco menos de cuarenta días, lo presentó al concurso y se hizo con el galardón. La editorial La Galera se hizo cargo de la edición de la obra ganadora, que salió a la venta por Sant Jordi, en una nueva colección, Els Grumets, en la que, desde entonces, se publican todas las obras galardonadas con el Folch i Torres.

Aunque la primera edición de El zoo d'en Pitus no se reveló con un éxito immediato, lo cierto es que las reimpresiones se fueron sucediendo a lo largo de la segunda mitad de los años 70 y durante los diez años siguientes hasta que en la década de los 80, las aventuras de los amigos del pequeño Pitus (personaje que, por cierto, a duras penas sale en el libro) se convirtieron en referente esencial para gran parte del colectivo de maestros de Cataluña, cuyo entusiasmo por el primer libro de Sorribas lo elevó a categoría de clásico infantil en catalán de la segunda mitad del siglo XX.

El argumento de la novela no ofrece grandes secretos: un grupo de niños de un barrio decide organizar un zoo que les permita reunir fondos para ayudar a un amiguito —Pitus— gravemente enfermo que debe viajar hasta Suecia para recibir el tratamiento adecuado para su recuperación. Los compañeros de Pitus se reparten el cometido de decidir los animales que formarán parte de la atracción, organizan partidas de búsqueda para reunir a los ejemplares, construyen las jaulas, aprenden a trabajar en equipo, reciben ayuda por parte de algunos mayores del barrio, se responsabilizan de las distintas tareas y, tras unas cuantas pericias, consiguen salir airosos de su empeño. Inauguran el llamado «Zoo d'en Pitus» y con el dinero de la recaudación logran que el benjamín del grupo pueda viajar a Suecia y se restablezca, poniendo fin a esta primera historia, cuyos protagonistas Sorribas recuperaría en 1969 en el volumen titulado Festival al barri d'en Pitus.

A lo largo de su carrera, Sebastià Sorribas ha centrado gran parte de sus intereses literarios en pergeñar historias para niños con la principal intención de lograr que sus lectores disfruten con sus novelas. Gran defensor de los argumentos de cariz realista, las tramas de sus creaciones persiguen una progresión verosímil, fijada en los límites de lo cotidiano. Si bien Sorribas ha dispuesto sus textos en escenarios básicamente urbanos, también ha recuperado el recuerdo de su infancia en el medio rural en libros como La cinquena gràcia de Collpelat (La quinta gracia de Navapelada) —obra que en 1983 le valió el Premi de Literatura Infantil de la Generalitat de Catalunya y el Premi de la Crítica Serra d'Or 1984—, o En Peret de Barcelona i la Mercè de Collpelat. Incluso, a principios de los años 70, hizo una incursión en el mundo de la ciencia ficción con la novela Els astronautes del «Mussol», libros todos ellos escritos con una gran sensibilidad para con el mundo de los más pequeños.

El zoo d'en Pitus, en particular, es un ejemplo perfecto de esta empatía con sus lectores, complicidad que el autor alcanza, sin duda, a través del tratamiento de lenguaje que utiliza. El catalán de Sorribas es el que aprendió de niño en la calle, directo, ágil, sin artificios que entorpezcan la lectura. Por otro lado, el autor, en su estilo, da mucha importancia al diálogo, abundante y elaborado, lo que dota al texto de un gran dinamismo y de un coloquialismo que le permite captar la atención del lector desde el principio de la historia. Una historia articulada en torno a un personaje colectivo, el grupo de amigos de Pitus en el que, si bien aparecen caracteres tipológicamente clásicos (el líder, el intelectual, el gordito, el desmañado...), el espíritu cohesionado de esta pluralidad de personalidades brinda al lector la posibilidad de identificarse con la realidad socializadora del grupo, cosa que le permite autoafirmarse ante la hostilidad y la enajenación del mundo adulto. A partir de este sentimiento de pertenencia, Sorribas desarrolla uno de los temas quizá más representativos de El zoo d'en Pitus: el valor de la amistad, del sacrificio, junto a otros valores como la igualdad, la convivencia y el respeto tanto entre los niños como en la relación de éstos con el mundo del adulto. Un adulto que hace las veces de observador más o menos distante y que, si bien en ocasiones participa de este mundo infantil, jamás lo pone en entredicho ni lo somete a juicios de valor y sí, en cambio, lo reconoce como algo importante que merece ser tomado en consideración.

Las ilustraciones del texto corrieron a cargo de la todoterreno Pilarín Bayés, una dibujante que a principios de los años 60 empezaba a abrirse paso en el mundo de la ilustración. Los trazos sencillos de la artista resultaron todo un acierto, de suerte que la mayoría de los libros que Sorribas ha ido editando tienen por compañía los dibujos de Bayés. Ambos creadores forman un equipo que en ocasiones recuerda la estrecha colaboración que se estableció entre los textos de Josep Maria Folch i Torres y los dibujos de Joan Garcia Junceda.

Se cumplen los cuarenta años de la publicación de El zoo d'en Pitus, la primera novela de Sebastià Sorribas (que en 1967 fue incluida en la Lista de Honor de la Comisión Católica Española de la Infancia, la CCEI), y también las cuarenta ediciones de la obra, de la que se han vendido alrededor de trescientos mil ejemplares, lo que la sitúa como la tercera novela más vendida en catalán, sólo superada por La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, y Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo. En el año 2000, la realizadora Mireia Ros rodó para la televisión una película basada en el texto de Sorribas; además, la novela ha sido traducida al castellano y al gallego, al francés y, pronto, al japonés. Para celebrar su aniversario está previsto que a lo largo de 2006, Año Sorribas, tengan lugar distintos actos commemorativos que den cuenta de la vigencia literaria de una historia que sigue manteniendo su espíritu y su inocencia originales, por mucho que algunos de sus capítulos hayan envejecido y resulten algo caducos (recordemos la visita que los niños hacen al capellán del barrio para ir a contarle la idea que se les ha ocurrido para recaudar fondos para el viaje de Pitus o su consiguiente bendición del zoo el domingo de su inauguración). Todo ello permite augurarle a la obra otros tantos años de vida en las bibliotecas escolares de los más pequeños.

La casa sota la sorra
Joaquim Carbó ya había publicado unos cuantos libros para adultos cuando decidió probar suerte en la literatura juvenil y se lanzó a escribir La casa sota la sorra, una novela de aventuras conducida por dos personajes que terminarían protagonizando los ocho títulos de una de las series de libros más seguidas por los lectores juveniles en catalán: Pere Vidal y su compañero de viaje Henry Balua. La primera edición del libro se puso a la venta en 1966 (veintidós años después se publicó la traducción al castellano por parte de la ya extinta editorial Aliorna) y desde entonces el texto se ha publicado en tres editoriales distintas —Estela, Laia y Columna—, ha superado las sesenta reediciones, ha colocado más de ciento ochenta mil ejemplares, se ha representado en el escenario del Teatre Romea de Barcelona y ha sido objeto de una adaptación en cómic por parte del ya fallecido Josep Maria Madorell (creador de los personajes de Jep i Fidel y dibujante de la serie de historietas basados en el personaje de Massagran creado por Folch i Torres en 1910), que apareció por entregas a lo largo de 1967 en las páginas de la revista Cavall Fort, de la que Carbó fue miembro fundador. Luego, se editó en formato álbum primero en la colección Anxaneta y después por parte de Ediciones Unicorn y de la editorial Casals.

La casa sota la sorra es una trepidante novela de aventuras en la que sus protagonistas descubren la existencia de una organización secreta cuyo cuartel general, llamado «La casa sota la sorra», se halla en Sudán, dirigida por un arqueólogo alemán llamado Timoteus Wander (al que todo el mundo conoce como «senyor Ti»); se trata de un antiguo militante del partido Nazi de Hitler que, tras la derrota que Alemania sufrió en la segunda guerrra mundial, deja de percibir subvenciones para sus excavaciones; el dinero le llegó tras el hallazgo de un enorme sepulcro, una verdadera necrópolis, y el teutón acabó enfrascado en el tráfico de armas y otros negocios sucios. Tras una serie de peripecias que los llevarán a través de la ciudad de El Cairo y las tierra del Nilo, los dos protagonistas conseguirán, llegar hasta el arqueólogo venidos a menos, desbaratar sus planes y poner fin a sus ambiciones terminando con su organización y con su vida en un episodio que recuerda las reacciones y el proceder de los últimos días de la vida del máximo exponente del nazismo.

La idea para el argumento de la novela sorprendió al autor tras leer la noticia de que durante unas excavaciones en el desierto de Nubia, un grupo de arqueólogos descubrió bajo tierra un monumento funerario sin terminar. La información llamó la atención de Carbó, que se puso a desarrollar el argumento.

Nacido siete años antes de que estallara la segunda guerra mundial, el autor vivió su infancia durante los años más negros de la dictadura franquista, cuyo máximo dirigente había recibido la ayuda del fascismo italiano y del nazismo alemán. Al plantearse los personajes de la trama, el novelista no dudó en convertir al malo de la aventura en un antiguo nazi abandonado por su gobierno tras la derrota a manos de los aliados. El texto necesitaba el contrapunto positivo encarnado en un personaje bueno, íntegro y defensor de una causa noble; así fue como nació Henry Balua, el arquetipo de héroe reflectivo y moralmente probo, y negro, que traba amistad con Pere Vidal, un joven barcelonés que troca los valores que de común caracterizan a los protagonistas de la mayoría de las novelas de aventuras al uso: el catalán es haragán, indisciplinado y zascandil, pero tiene un gran corazón, el complemento perfecto para el carácter de Balua. Con la introducción de estos dos protagonistas, Carbó subvierte el tópico del personaje negro maravillado ante las cualidades de su homónimo blanco, lo que dota a la narración de nuevos matices en un equilibrio de fuerzas distinto a cuantas aventuras literarias se habían contado hasta entonces por estas lindes.

Junto a los protagonistas aparece un gabinete de secundarios que adereza la acción, personajes que el autor ha ido recuperando a lo largo de las siguientes entregas de las aventuras de Vidal y Baula, enriqueciéndolos y confiándoles una mayor relevancia en el argumento a medida que se desarrollan las tramas de las novelas. En el transcurso de sus peripecias, Vidal y Balua se muestran como personajes éticamente comprometidos con las causas que están convencidos que deben defender; causas relacionadas con su tiempo y su país, lo que los convierte en creaciones moralmente ricas, complejas y contradictorias, cuyas aventuras, les permiten, al final del periplo, descubrir el lugar que ocupan en el mundo.

Pese al espíritu eminentemente aventurero del texto, Carbó, no renuncia a autilizar la historia para abordar temas sociales de diversa índole: en la mayoría de sus libros el escritor se revela como un creador comprometido con muchas de las cuestiones sociales que azotan nuestra época. A lo largo de las página de La casa sota la sorra, Carbó aprovecha los distintos escenarios en los que transcurre la acción para ofrecer a sus lectorers información sobre pueblos, culturas, tradiciones y concepciones del mundo distintos a la mentalidad occidental, al tiempo que se hace eco de los grandes problemas a los que debe enfrentarse la sociedad de nuestro tiempo o de aquel en el que se desarrolle la trama de la novela (los resquicios de la imposición colonial de los grandes imperios que se vinieron abajo tras la segunda guerra mundial, el racismo, el tráfico de armas, el expolio de antigüedades, las deudas internacionales contraídas por la mayoría de los países tradicionalmente llamados del Tercer Mundo, etcétera).

A lo largo de su extensa carrera literaria Carbó se ha caracterizado por el uso de un lenguaje claro y directo, preocupado por dar con la palabra más adecuada en cada momento, lleno de expresiones y de giros coloquiales para darle al texto una verosimilitud y una immediatez que lo acerquen a los lectores. Todo ese ejercicio lo adereza con un muy buen ritmo narrativo, cinematográfico muchas veces, lo que convenció al dibujante Josep Maria Madorell para emprender la adaptación de la primera aventura de Pere Vidal al cómic, con el fin de publicarla por entregas primero en la revista Cavall Fort y, años más tarde, en las páginas del diario Avui. Curiosamente, tras la aceptación por parte de los lectores de la obra ilustrada, fue el propio dibujante quien alentó a Carbó para que siguiera imaginando nuevas aventuras para sus personajes con la idea de crear una serie de cómics dedicada a sus peripecias. Carbó aceptó la propuesta y hasta la muerte de Madorell (que le sobrevino en febrero de 2004) escribió siete guiones más que, posteriormente, convirtió en novelas.

A sus 74 años y con más de un centenar de obras publicadas, Joaquim Carbó sigue escribiendo sin olvidarse nunca de sus lectores, con quienes mantiene un contacto directo a través de sus visitas a escuelas, atento a los gustos, las preferencias, las críticas y las opiniones de quienes han convertido, o quizás contribuyan a convertir, La casa sota la sorra en un incansable libro de aventuras tras cuarenta años de andadura.

Aldea, Víctor
CLIJ, núm. 195, juliol-agost 2006.

Si voleu consultar aquesta publicació adreceu-vos a aelc@escriptors.cat.