El mar como herencia

"Palabras salobres" El mar como herencia

Cuando nací, después de mirar a mi madre vi el mar: me asomaron a la ventana de la casa frente al mar. Lo llevo en los ojos y en el alma, porque mi madre me lo dio también en su sangre. He recibido el mar en herencia y por eso me considero rica: nací, vivo y seguramente moriré frente al mar. Me enseñaron a bucear y aprendí los nombre de peces y rocas. A menudo los nombres son de una sonoridad poética evidente, que admite también la ironía. Medusas como "aurelia aurita" y "pelagia noctiluca", y caracoles como "diogenes pugilator"(caracol ermitaño), crean por si solos personajes para mis cuentos. Crucé un océano navegando, y del mar obtengo mis temas literarios. Mi mar urbano contiene playas, puerto deportivo, de pescadores y puerto comercial importante; el escenario está a punto para que yo escriba la historia. No es poca cosa, y lo agradezco a la vida.
Se dice del mar que es el mundo del silencio, pero sabemos que no es cierto: hay que acercarse a él desnudo y abiertos los sentidos, como a un amante. Escribir es comunicar tacto, olor, sabor, sonido, acariciar en superfície y sumergirse en honduras. Como un amante, a veces el mar se muestra esquivo y otras se rinde y nos cuenta intimidades. El mar ostenta una riqueza excesiva que nos desborda también en el sentido literal, y con ella nos atrae. El mar nos reta, y a menudo nos castiga por nuestra soberbia. Al mar hay que acercarse con cautela, y a pesar de eso nos mira con recelo. El mar es un amante desconfiado.
Un largo verano adolescente leía yo "La Atlántida" en la playa, arrimada a una barca blanca y roja. Me parecía descubrir tesoros dorados en el fondo marino verde cristal. El mar se embravece con la épica, mece argonautas en sus lomos y sepulta dioses y reinos en su vientre. Gracias a la televisión podemos comprobar que la imaginación se vuelve realidad: los tesoros estaban ahí. Ahora se rescatan del mar, en un parto difícil, inmensos monumentos de la antigua Alejandría, que el mar había vencido en tremendas conmociones.
Mis primeros libros de poemas trajeron el amor en suaves oleajes sedosos, mansamente. Lo recostaron en playas sombreadas de azul atardecido en las dunas. Cito breves fragmentos de libros distintos. "(...) Alguien me habló de amor: por encontrarlo/ dejé dulces jardines y me bajé al mar./ Nacieron, a la orilla, las ciudades/ y los palacios increíbles sobre el tiempo,/ soledades de otoño que brillaron/ con la luz de tu cuerpo. Alguien me dijo/ que venía el amor y le creí:/ se iluminó mi mundo con la aurora/ que acompañó, fugaz, un día breve." - "Mar de octubre: eres un mar de vuelta./ El frío tendió nieblas/ como se tienden redes sobre el muelle,/ debajo vimos sombras de difuntos/ y de barcos antiguos.(...)." - "Nace el amor de junio con deseo/ de una mar de aventura, no tan lejos/ que nos lleve a olvidar la ciudad, cristal sellado,/ sepultura de dioses y de niños/ que fuimos por un tiempo.(...) Amor de junio/ es el amor que llega con las olas,/ vuelo de gaviotas que en la tarde/ vencieron ya las cúpulas marinas(...)." - "Alguien tiende un pañuelo de seda sobre el mar/ y recoge el deseo que moría.(...)".
Llegó la narrativa: novelas, cuentos y ensayos. Libros que se sumergían en el mar, como "Zona Marítima"(Premio Ramon Llull). Como "Mar de fons"("Mar de fondo") -éste último resultado de un viaje transatlántico, cuando la noche funde cielo y estrellas como escenario del drama-. En la novela "Entierros ligeros", el mar recoge las cenizas fúnebres, y en "El hombre que mordía a las mujeres",(mi última novela) el mar es violado por las avenidas torrenciales de ríos furiosos. El cuento "Berta y los dioses primarios" es la historia del río desbordado que arrastra ciegamente los cuerpos hasta el mar y que luego devuelve a tierra. En la novela corta "La novia dormida", el amor a dos tiempos se refugia en una barca del puerto de Tarragona y en una barca-vivienda en Regent's Canal, en Londres.
Alterno prosa y poesía, y el mar en los poemas, como en la vida, trae amor y naufragios, juegos infantiles y navegaciones aventureras. Del libro infantil "Caballito de mar/ Marina": "A la medianoche/ me voy de aventura:/mi cama es la barca,/la sábana, vela,/ y encima del mástil/ un loro chillón/ que se balancea./ Navego con sol, la brisa me lleva,/ soy mi capitán/ y voy a la China. / En la China hay un delfín,/saltarín,/ y en América del Sur/ una foca parlanchina./ La foca se va detrás/ de un gran banco de sardina.". Y las adivinanzas para niños: "Caballeros van de luto,/con sus barbas y su escudo./ Bien cocidos al vapor/ se nos vuelven amarillos/como el sol./ Llevan concha, llevan casa/ pero no son caracol./ Tan negros como el carbón/ no ensucian ni dan calor;/ viven juntos a montones/ y se llaman mejillones."
Más libros, y ya son 45 los publicados hasta el momento. Para escribir dos ensayos recorrí la costa. Son "La Via Augusta" y "Viatge d'aigua". Éste último describe el encuentro de los ríos con el mar, sobre todo en el delta del Ebro. Esa violación recíproca, la amenaza de muerte, la denuncia de contaminación, ese cortejo fluctuante, donde se juega con los límites y se descubren las pequeñas maravillas de flora, fauna, toponimia, leyendas, gastronomía, apariciones y desapariciones. El misterio y lo macabro adornan mi literatura como la hiedra y el musgo una pared de piedra.
El mar es, pues, herencia recibida como privilegio. Pero debo parte de mi obra a la herencia familiar y social. Mis palabras se alimentan de arte en forma de pintura y música, más que de imitación académica de otros escritores. "La catedral sumergida", de Debussy, me hacía sentir la transparencia de las aguas soleadas en mi estudio: el mar volvía las hojas de mis partituras. "El nacimento de Venus", de Botticelli, me enseñó las cara del viento y el color de la madreperla.
En casa encontré una buena biblioteca y he sido y soy una lectora voraz. Pero considero indispensable la integración de las artes entre si y entre épocas, de manera que las rosadas auroras que contemplara Ulises puedan alternar con esa aurora cibernética que no sabemos a qué aventura nos lleva. Con la pintura, arquitectura, música y danza, la literatura como Arte participa de todos esos ritmos, texturas y equilibrios.
Adolescente devoradora de libros, me dejé llevar por los relatos marineros de Pío Baroja, Julio Verne y de W. Semenoff, el ruso que describió batallas navales tales como "La agonía de un acorazado" (una trilogía respetable). Seguí a los exploradores Darwin, Cook, Bougainville y otros alrededor del mundo. A veces me pregunto si sería ahora capaz de leer los inmensos volúmenes que me tragué de niña y de joven, cuando la lectura era mi cabaña, casa, palacio y universo.
Aparte de poesía y novela, he escrito infinidad de cuentos marineros. Llevo ya cerca de 300 cuentos publicados, muchos de ellos recogidos en volúmenes. El mar juega en mis historias, unas veces en largas olas de fondo, otras desvelando misterios fosforescentes. Desearía que la política de traducción resultara favorable a las obras escritas en catalán, cosa que está muy lejos de llegar a ser una realidad equilibrada y satisfactoria. Desde aquí hago votos para que el mar lleve mi herencia literaria a otras playas y a nuevos lectores.
Ahora, desde mi serenidad rebelde, contemplo el mar con esa sensación de plenitud que nos confió Valéry : "(...) la mar, la mar que sempre recomença!/ orna el migdia just. Oh recompensa/ d'un pensament esguardar en calma els déus!" Así lo veo: corona plateada de un reino amenazado, que nos llegó de la mano de los dioses y que puede terminar en una inmensa sepultura.

XVII Galeusca / Lekeitio 2000
Xirinacs, Olga