El meu amic el mar (Notas para una visión de urgencia)

"Palabras salobres" El meu amic el mar (Notas para una visión de urgencia)

Todos recordaremos que Ulises ordena que le aten al palo mayor de su nave para no acabar sucumbiendo al canto de las sirenas, pero quizá, seducidos por esta peripecia única que ha quedado instalada en el centro de nuestro imaginario colectivo, no hemos dado la misma importancia a cual era el estado del mar durante este episodio de La Odissea. Mientras los marineros de la obra de Homero, privados del sentido del oido, cuidan de Ulises, el mar mantiene una calma absoluta, aquella que los griegos llamaban galéne; la nave navega lentamente orillando el islote de las sirenas y el mar parece esforzarse para favorecer el triumfo de la tentación. Con una quietud propicia al advenimiento de las ideas, el mar también se siente seducido y, como un animal domado, nos muestra una de sus vocaciones, la calma.

Podríamos ver esta quietud de índole metafísica como uno de los motores que han contribuido a construir el pensamiento mediterráneo. La historia y los mitos nos hablan de la cultura como frutos que maduran al abrigo de la reflexión; así podemos imaginar a Sócrates paseando arriba y abajo con sus discípulos, o creemos en la caverna platónica como refugio para el solaz de las ideas. Pero si la calma mediterránea, siguiendo esta vertiente de la tradición cultural, puede ser un buen punto de partida para reflexionar sobre nuestro papel en el universo, la fúria desbocada de los mares del noroeste parece incluir un caldo de cultivo propicio a la fisicidad, con el ser humano enfrentado a lo más “básico” de su naturaleza.

Ya sabemos, no obstante, aunque con frecuencia hacemos votos para olvidarlo, que el blanco y el negro no son los colores que mejor nos definen. Más bien somos, des del inicio, seres condenados a una especie de clarobscuro de tintes caravaggianos y, como resultado de ello, también las relaciones con el entorno necesitan de análisis más profundos, unos análisis que pasan por interrogarnos sobre los orígenes de mitos, leyendas, costumbres que, casi sin pedir permiso, van configurado una idea del pasado lejana a nuestra sensibilidad actual.

Crecí en un pequeño país del noroeste rodeado de personas que hablaban del mar. El mar estaba presente a todas horas, pero su idea mudaba de la aventura al desorden, del triumfo vivificante al fracaso teñido de liberación personal. Siempre, dentro de la expectación que producía aquella diversidad de sensaciones, flotaba, como una antígua goleta, la admiración y el respeto que el imaginario de los pueblos reservan para lo desconocido, para lo insondable. Poco a poco entendí que el mar formaba parte indisoluble de mi família, me acostumbré al aroma de salitre que no solo nos llegaba des del nacimiento del Atlántico sinó que nos inundaba los poros de esperanza, deseos y nostalgias. El mar vivía cada noche en las palabras mientras yo me esforzaba por reconocer sus signos, por abrir el curso de las artérias que asisten la enorme capacidad del niño para absorber historias.

Mientras los relatos familiares más antiguos, a pesar de que nadie se atrevía a dudar de su autenticidad, anidaban en algun lugar equidistante entre el olvido y la invención, los ejemplos más recientes no dejaban margen para la duda. El bisabuelo Granero había sido comerciante en Cuba, y con frecuencia nos explicaba los equilibrios de los mercantes sobre las olas enfurecidas del Atlántico, o las dificultades para liquidar los negocios después de la caida de Batista y la llegada de Fidel Castro. Cuando el bisabuelo quedaba con la mirada perdida y el discurso fondeado en la bahía de La Habana, sentíamos la voz agudísima de la abuela Maruxa que desgranaba tangos y milongas con una facilidad estremecedora.

La abuela Maruxa había vivido hasta los diecisiete años en la Argentina pero, a pesar de no haber vuelto jamás, ya no le interesó ningún cantante que no llevara el apellido de Gardel, Discépolo o Razzano. Su pasión de cada dia era leer en el Faro de Vigo o en La voz de Galícia los nombres y los destinos de los barcos que íban y venían, con la naturalidad y los privilegios que les otorgaba aquella mitad de la población gallega en el exílio. La abuela se paraba de repente después de leer el nombre de algún mercante que zarpaba hacia su Argentina querida, lo repetía en voz alta, y en sus labios adquiría resonancias sorprendentes: Alfama, Caminito, Excelsior; Majestad, Mare Nostrum, Atlántica…

El abuelo Ricardo hacía años que no tenía ninguna relación interna con el agua. Es decir, ya no navegaba pero tampoco la bebía; el agua, decía siempre después de un breve trago de ron, tiene un uso estricto, el externo, fuera de este servicio no nos puede hacer ningún otro. Entre los miembros de la família corrían historias sobre su juventud: explicaban que había estado embarcado en un petrolero que luchaba cada fin de año con la fúria de las tempestades del cabo de Hornos, una ruta que situaban más allá de la Patagonia que, para mi entonces, era un territorio imposible. No llegué a saber nunca si las historias sobre el abuelo eran ciertas, pero admiraba aquellos relatos sobre tripulaciones piratas con banderas de la realeza europea, un dato, este de la realeza, que a mi se me escapaba y que me habría de haber dado una idea de la imaginación que ponían los narradores. El caso era que el abuelo Ricardo trabajaba a la todopoderosa Bazán, empresa constructora de barcos de gran calado que convertían la ria de O Ferrol en un territorio de monstruos inesperados. Llevar las cuentas de la construcción de aquellos mamotretos se me antojaba más importante todavía que dirigirlos entre los difíciles caminos del mar.

Este fue uno de los primeros misterios de mi infancia. ¿Como entender que unos seres tan duchos en conocimientos marítimos, personas que demostraban saber de qué estaban hablando, sentían al mismo tiempo un respeto reverencial que parecía inundarse de secretos?

Quizá alguien se pregunte el porqué de estos pequeños retratos familiares, de la evocación de una mar morbosa y dura, intransigente y enemiga, cuando el título de mi conferencia habla de amistad con los elementos, pero escribímos lo que somos, hablamos de lo que hemos vivido y sólo lo que hemos vivido nos sirve para mirar y interpretar lo desconocido. Además, hablo de estas historias porque pienso que se pueden encontrar entre los recuerdos de todos nosotros, bascos, gallegos, catalanes; son fábulas que de alguna manera nos hermanan.

Acostumbrado a este tipo de historias, creadas con el miedo y la adversidad, podeis imaginar lo que fue para mi ponerme ante el mediterráneo, ante el mar que presidiría mi juventud y mis primeras incursiones literarias. Por entonces, un poco adicto a la historia, leí relatos de comerciantes y conquistadores, de soldados en busca de la gracia, de hombres que basaban su domínio en la fuerza de las armas o en el poder del dinero. El mar ja no parecía el centro del universo, lo eran los pueblos, gentes más aventureras que belicosas, personas llenas de ambición espiritual o económica. Quizá, me dije, el mediterráneo és un mar dominado, sensible, amigo.

Además, reflexionava, era fácil ver el Atlántico como fuente de misterios. La niebla, las tempestades, los silencios, lo convierten en un territorio dudoso donde el conocimiento, qualquier ruta que persiga los caminos de la razón, parece imposible. De manera paradójica, la tradición del mar como territorio de peligros y misterios no es menos evidente en el mediterráneo, pero la visión de sus aguas plácidas quita intensidad al fenómeno. Por otra parte, quien magnifique la fúria del mediterráneo no se ha enfrentado nunca al Atlántico en un día de tormenta.

Se han de tener en cuenta también otros aspectos que no siempre ayudan todo lo que querría a mi discurso. La literatura nos proporciona episodios que otorgan complejidad a las razones más poderosamente definidas.

En la tradición literaria catalana no faltan autores que, a pesar de cantar las bondades del mar, alertan sobre sus peligros. Así, el poeta medieval Ausiàs March, en un conocidísimo poema nos dice del mar con relación a los vientos...

Veles e vents han mos desigs complir
faent camins dubtosos per la mar.
Mestre i ponent contra d’ells veig armar;
xaloc, llevant, los deuen subvenir
ab llurs amics lo grec e lo mitjorn,
fent humils precs al vent tremuntanal
que en son bufar los sia parcial
e que tots cinc complesquen mon retorn.

March, que marca poderosamente tanto la poesía catalana medieval como la que se habría de escribir en el futuro, ruega para que la temida tramuntana permita su retorno. El mar es un camino dudoso, metáfora de la incerteza del deseo.
Un libro como L’Atlàntida, del poeta “renaixentista” Jacint Verdaguer nos introduce todavía en una tradición marcada por el mundo grecoromano. El mar “abraça de pol a pol la terra”, dice, y el mismo Verdaguer nos informa en el “Cant Desè” sobre cómo ven los mediterráneos el mar del norte: “La mar on s’emmiralla Corunya, hermosa i fera.”, afirma de manera rotunda. Pero también en la introducción de L’Atlàntida, el poeta explica cómo, al encontrarse dos naves enemigas, una de Génova y otra de Venecia, se enfrentan en una durísima batalla. A pesar de lo que podría esperarse no son los hombres los que deciden hacia donde se ha de decantar la victoria. Por el contrario son los elementos los que entran en juego en un territorio como el mar, del todo imprevisible. De repente tiene lugar una gran tempestad y deja caer un rayo que enciende el polvorín de una de las naves. Es una forma de justícia, no sé si divina, pero sí que va más allá de las capacidades humanas. Las dos naves se abocan al abismo!...

Ofegant lo brogit de la batalla,
un llamp del cel espetegant davalla
de la nau veneciana al polvorí;
se bada i roda al fons feta un Vesuvi,
mentres romp la de Gènova un diluvi
d’escumes, foc i flama en remolí.

No es por tanto el mediterráneo un mar plácido y evocador para nuestro poeta, y mucho menos cuando los restos de romanticismo que se dejan ver aquí y allá reclaman su influencia en la escenografía de marinas y paisajes.
En épocas más recientes, se ha de señalar que los catalanes no han dejado de ver con una cierta desconfianza otros mares que no llevan el sello del mediterráneo. Un buen ejemplo nos lo proporciona Josep Maria de Sagarra, el genial autor de Vida privada, que en un libro no menos genial, La ruta blava (Viatge a les mars del Sud), nos da noticia de mares espectaculares y bellísimos que, a pesar de la novedad y el conocimiento que comportan, son también el origen de una disolución moral y física que se enfrenta al viajero. Para Sagarra, aquellos mares lejanos pueden ser el paraiso, pero él añora el mediterráneo y, además considera que es el ser humano quien configura la percepción de las cosas, una idea que subscribo desde ahora mismo. Así, nos dice hacia el final de La ruta blava:

“El nostre mar té tot l’imprevist que pugui tenir el mar de les antípodes, i és que, quan anem pel món, el desig de la novetat i el desig de la caça d’exotismes ens posen unes falses ulleres davant els ulls.”

Un poeta como J.V. Foix, en el que considero su libro más significativo, Diari 1918, ofrece interesantes reflexiones sobre el tema que nos ocupa. En el poema en prosa “Notes sobre la mar” habla de un mar lleno de misterios y visiones extrañas, quizá porqué, dice: “el sol i la mar són una sola tenebra”. Pero es en la nota 6 donde encontramos la meditación más impactante...
De lluny tothom crida: la mar!, la mar!; però en ésser-hi al davant, calla hores i hores.

El mar es por tanto para el poeta catalán no tanto el territorio de un dominio propio como un espacio ajeno, desconocido, imposible de abastar o de entender y, a pesar de todo, los humanos lo desafían. Tal como hacen los pescadores en el poema “Quan el vent i la trangolada...” –recordemos la anotación anterior sobre el poema d’Ausias March y la tramuntana-, donde Foix nos explica la lucha contra este viento tan temido en las costas mediterráneas...
Les pregones remors del mar, la cruixidesa de les fustes, el renou de la ferramenta, la fregadissa de cordes i xarxes, i el grinyol de tants d’ormeigs malendreçats, ultrapassaven la memòria que jo tenia d’altres estades a bord d’una barca sòlidament amarrada.

Sin duda esta imagen del mar flagelado por los vientos no es lejana de otras cotidianas a los marineros vascos o gallegos. Y es que la mitología del mar pesa a veces más que la reflexión contemporánea, la poesía continúa evocando su misterio y, al mismo tiempo, lo convierte en metáfora del conocimiento. El mismo Foix nos alerta de manera significativa en su libro Les irreals omegues:

- Oh mar, miratge de les ombres orfes,

Obre’m l’abís del teu solatge pur!

También Joan Fuster, en el libro Diccionari per a ociosos , trata el tema del mar desde una perspectiva que nos interesa. En la entrada “Mediterrani”, el escritor valenciano nos habla de este mar como de una geografía a la medida del hombre y comenta, con la ironía que le caracteriza, la idea de la cultura mediterránea como origen de nuestra civilización. Fuster, a quien siempre se ha de leer entre líneas, opina que “fa molts segles que la conca mediterrània ha deixat de monopolitzar les inicials virtuts creadores, i fins i tot en alguna especialitat es manifesta persistentment estèril. Però –nos dice también- ho podem afirmar sense embuts: la resta del món, en el fons, no és sinó colònia mediterrània, o colònia de colònies mediterrànies.”
Fuster ve el mediterráneo como un territorio liberal y habitable, destino no sólo de turistas sino también de intelectuales que quieren conocer el aroma de sus orígenes éticos y estéticos. Y a pesar de reconocer que toda loa tiene algo de paternalista, nos subyuga con sus razones y nos hace recordar aquellas palabras del Doctor Zhivago...

“Les obres d’art parlen de molt diverses formes /.../ però sobretot parlen per l’art que contenen.”

No seria justo poner fin a este recorrido; que en ningún momento ha tenido pretensiones de exhaustividad, sólo de ilustración; sin adentrarnos por un momento en la idea de isla. Porqué, tal como dice Pere Gimferrer, “tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos” , y es desde la isla desde donde esta mecánica marítima parece intensificarse, como si la soledad se volviera cristalina taladrando los poros de un azul inconmesurable. Se podrían citar muchos y espléndidos poetas insulares, pero nos quedaremos con la palabra de uno demasiado desconocido, para lo que sus méritos exigen, el ibizenco Marià Villangomez, que en su poema “El mar” nos presenta este territorio desde una mezcla de temor y soledad, de silencio y pensamiento...

Cercle de vastituds amb calmes o tempestes,
pels seus lloms de cristall llisca el vaixell,
hi avia el pensament la seva vela.
La meva solitud la del mar necessita,
unides en la llarga tremolor d’un deixant.

Sin duda, a pesar de su intención de llenarla con significados, es esta una visión parcial y escasa del tratamiento que la literatura catalana ha dispensado al mar a lo largo de su historia, pero el espacio y el tiempo era limitado. Resulta necesario, no obstante, hacer todavía algunos apuntes personales. Y es que por la misma razón que el mar depende de la percepción y de la experiencia del espectador, este mar es siempre, y a la vez, todos los otros. La quietud o la fúria se mezclan para dar como resultado un territorio fascinante que llenaria él solo las reflexiones de una vida.
Así, mientras mi abuela cantaba tangos que evocaban una felicidad que no volvería jamás, yo pensaba en los grandes naufragios, en las aventuras que el mar me ofrecía a traves de los relatos de otros miembros de mi família. El mar, con su infinito poder de seducción ha acabado siendo el protagonista absoluto de muchos de mis poemas y de alguna novela. Al fin y al cabo, el mar es el “jardín de senderos que se bifurcan”, otra metáfora de las muchas que Borges nos dejó que acaban convirtiéndose en metáforas eternas. La dificultad estriba en qué Ulises ganó su pulso con las sirenas, pero para nosotros sería muy difícil –y en verdad una cobardía muy poco creativa- pasar por la vida atados al palo mayor de esta nave extraña que hemos bautizado con el nombre efímero de Existencia.

XVII Galeusca / Lekeitio 2000

Trigo, Xulio Ricardo