Die Katakombe

Guillamon, Julià
Quaderns Divulgatius, 33: Premis de la Crítica de l'AELC 2007 setembre del 2007
 

La editorial mallorquina Lleonard Muntaner acaba de publicar un interesantísimo volumen con cuatro breves dietarios de Nicolau Maria Rubió i Tudurí (1891-1981), mientras que yo, en un descanso, me he leído el Jusep Torres Campalans de Max Aub. Estos dos libros guardan una cierta relación con el tema de La decisió de Brandes, la última novela de Eduard Márquez (Barcelona, 1960). Rubió estaba en París durante la ocupación alemana. El 24 de diciembre de 1940 anotaba en su cuaderno: «Dubto d'escriure. Avui és la vigília de Nadal i em demano: no és massa literari escriure certes reflexions sobre la mansarda d'una petita habitació a l'avenue Malakoff, en una nit com aquesta?». En febrero de 1944 visitó a Picasso en la rue des Grands Agustins. «Ell n'està content perquè, em diu, els pensaments militars l'obsedeixen fins al punt de treure-li el lleure de pensar en la pintura. Quan me'n vaig al llit, en lloc de meditar sobre els meus quadres, em poso a pensar en la manera de portar a terme les operacions! Per què, doncs, no pinta plans estratègics? Però no li dono la idea de por que ja l’hagi tinguda.» Jusep Torres Campalans (1958) es un falso reportaje sobre un pintor de origen catalán amigo de Picasso que, asqueado por las efusiones patrióticas que acompañaron la Primera Guerra Mundial, decide abandonar la pintura y extraviarse en la selva mexicana. A través de diversos documentos (entre ellos el Cuaderno Verde que el pintor escribió entre 1906 y 1914) Aub reconstruye la ascensión y caída del genio desconocido.

Como otras novelas sobre artistas La decisió de Brandes no aguanta la comparación con obras que abordan los mismos temas desde una perspectiva mucho más moderna. La clara consciencia de lo «demasiado literario» lleva a Rubió a resolver con gran prudencia desterminadas escenas. Cuando visita a Picasso lo describe sin ningún tipo de afectación ni trascendentalismo. Aub, por el contrario, se recrea en el pastiche para poner en evidencia lo «demasiado literario». Adopta el estilo de los grandes artistas revolucionarios y transcribe sus proclamas en un tono que, cuando descubrimos la trampa, resulta totalmente desmitificador. Todo lo contrario de lo que sucede en La decisió de Brandes. Desde las primeras líneas entramos de lleno en el terreno de la literatura literaria: un pintor acosado por un agente de Göring para que cambie un cuadro de Cranach por sus propias obras requisadas por los nazis (¿por qué no lo roban?), una chica que trabaja en un cabaret de Berlín y que acaba en el campo de concentración de Ravensbruck, la amiga de Brandes que se adhiere al nazismo y aplaude la exposición de arte degenerado. El pretexto de la trama arranca del libro de Héctor Feliciano El museo desaparecido. Márquez le añade la concatenación rocambolesca, un desenlace con falsificación y la primera persona susurrante. «El meu pare parlava sovint de l'ànima dels colors» (pág. 14), «suposo que pinto per retrobar la meva infantesa» (pág. 15), «la mort. Com la llum que entra per la finestra i joguineja amb la pols que flota en l'aire, el seu color canvia constantment» (pág. 16), «poso el disc i tanco els ulls. Durant una estona, la veu de l'Alma apaivaga el fred i la basarda, conjura les urpes de la solitud» (pág. 17), etcétera.

En sus primeros libros Eduard Márquez reflejaba la condición contemporánea, a menudo gris, pero también enigmática o estrafalaria. Con El silenci dels arbres inició la extraña deriva que le ha llevado a convertirse en un falso escritor centroeuropeo, inventar un artista melancólico (con despojos de Braque y del cubista Louis Marcoussis que también murió de cáncer en 1941), hacerle pintar por dos veces el Nu ajagut sobre una catifa persa y frecuentar el cabaret Die Katakombe. Con sus novelas rodeadas de un aura de literatura seria y traducidas al castellano, Márquez es uno de los autores que más ha hecho por sacar la literatura catalana de las catacumbas, aunque este libro no esté a la altura.

(Article publicat a La Vanguardia, Cultura/s, 1 de novembre de 2006)

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