Arquitecto de la misericordia

Desde los tiempos remotos hasta hoy, la poesía catalana siempre ha contado con muy buenos cultivadores. Basta con hacer un rápido repaso por el siglo XX y citar unos cuantos (hay muchos más) como Carner, Riba, Sagarra, Espriu, Foix, Vinyoli o Brossa para darse cuenta que, con sólo esos nombres, ya hubiéramos podido competir con cualquiera de las grandes literaturas occidentales. Felizmente, hoy la nómina de poetas vivos que todavía están en activo es larga. Empezando por Gimferrer, Parcerisas o Comadira, podemos seguir con Enric Sòria o Susanna Rafart; poetas todos ellos a quienes el destino les ha situado, o les ha dado, un saber hacer nada frecuente, con el que van a marcar una profunda huella en la memoria colectiva.

Joan Margarit (Sanaüja, 1938) es, desde luego, uno de estos poetas que sabe, como dijo Brodsky, que aquello que comúnmente llamamos La Voz de la Musa es, esencialmente, un mandato de la lengua, que no es ésta la que le sirve de instrumento, sinó que él, el poeta, es el medio del que la lengua se sirve para prolongar su existencia.

Como Marià Manent, Margarit no es un poeta caudaloso. Su obra es mesurada y contenida, pero avanza implacablemente. Se abre paso sin codazos ni estridencias, dejando, con sus libros, una estela de belleza y emoción, que hoy por hoy es la más celebrada por el gran público y es, en este sentido, un caso único.

Después de Càlcul d’estructures, uno de los poemarios más conmovedores de nuestras letras, nos ofrece Casa de misericòrdia. Margarit es, aparte de poeta, arquitecto. Se nota. Esta Casa de misericòrdia constituye un edifico de 64 estancias y en cada una habita un destello poético, una cruda exposición de un momento vivido o una sugerencia simbólica, todo ello contemplado desde la gélida amargura de la madurez.

Con la misma dignidad con la que Ungaretti nos contó la muerte de su hijo y con la misma desgarradora simplicidad y desnudez, Margarit hace del proceso de asimilación de la pérdida de su hija una vigorosa obra que discurre paralela con la amarga sensación de la huida del tiempo. En esta casa que Margarit ha construido, ha dado, también, espacio para un pequeño salón en forma de epílogo, donde nos cuenta su ideario estético, su arte poética: toda una declaración de principios.

En ella, nos dice que prefiere recordar el tiempo que ha invertido en construir esta casa antes que el que le ha ocupado diseñarla. Nos cuenta, también, que la senectud puede ser una etapa esplendorosa porque le da a uno una visión panorámica de la vida y, de esta manera, se libera de los propios fracasos.

Lejos del sentimiento de tristeza, compasión o rabia, el poeta nos asegura que ha construido esta casa con frialdad. Con el tiempo, Margarit ha adquirido la sabiduría del estoico: «No hi ha res més que el que hi ha.» Si triste es la vida, más triste sería sin el cobijo de la poesía. Un poema, pues, puede ser un fulgor de felicidad. Aseguraría que Margarit conoce, comparte y ama el pensamiento de Shopenhauer y que éste, lejos de haberle hecho pasar más de una mala noche, le ha reafirmado en la vida y, por tanto, en su condición de poeta. ¡Tantas adversidades, tanto dolor!: demasiado dolor. La poesía es su refugio. Y desea compartirlo.

A pesar de Homero y Baudelaire, nuestro poeta puede decirnos aún cosas nuevas. No es una osadía pretenderlo, pues la humildad ya le viene dada. En cuanto a la tendencia a la soledad que Margarit, con pesadumbre, dice poseer, tiene que saber que gracias al fruto de la suya, el resto de los mortales podemos sentirnos, a veces, acompañados en la Casa de misericòrdia.

(La Vanguardia, Culturas, 25 d’abril 2007)