La imaginación nos salvará (sobre 'Cants' de Giacomo Leopardi, de Narcís Comadira)

Marí, Antoni
Quaderns Divulgatius, 28: Premis de la Crítica de l'AELC 2005

 

Es tan humanamente doloroso y placentero leer a Giacomo Leopardi (1798-1837) que en la traducción de Narcís Comadira este dolor tremendamente humano se transforma en una extraña alegría que parece venir de lejos, o de muy cerca también, de aquí mismo; es como si alguien, tan querido por nosotros, nos expusiera en la voz mesurada de la confidencia todo aquello que ya sabemos del tiempo y de la vida, de nosotros mismos, de lo que hemos perdido y con esa voz, que quiere evitar el dolor de nuestros sentimientos maltrechos, nos exhorta a seguir atendiendo el ritmo de las estaciones, la sucesión de los días y las inesperadas presencias del pasado que de repente se nos aparecen con todo su secreto a cuestas, a pesar de saber que finalmente lo único que permanece es la vanidad de todo. Porque más allá de eso, no hay nada. Absolutamente nada. «Io era spaventato nel trovarmi in mezzo al nulla, un nulla io medesimo. Io mi sentiva come sofocare, considerando e sentendo che tutto è nulla, solido nulla.» Radical y absoluto, el nihilismo del poeta; y un doble nihilismo: ontológico y metafísico, puesto que no cree que haya algo o nada, ni en el ser ni en el devenir ni en el esperar. Nada arriba, ni nada abajo. Apenas soledad, materia y fragilidad. Y en nada se distingue el hombre de los demás seres, todos sometidos al ciclo mecánico de la materia. «L’home neix amb fatics, / i ja és un risc el naixement. / Sent pena i sent turment / abans de res.» Y sin embargo el hombre tiende necesariamente a la felicidad, pero esta búsqueda, absurda y vana, «l’aspre desig dels homes», únicamente puede ofrecernos leves placeres momentáneos que, con su pérdida, nos hacen más lacerante el dolor, la desgracia y la infelicidad.
La poesía de Leopardi, con la inmediatez que sólo da lo verdadero, nos devuelve a lo más nuestro, a reflexionar, a recordar, a observar las pérdidas, las transformaciones, las permanencias de nuestros sentimientos y de la memoria. La severidad reflexiva del italiano se mantiene íntegra en la lengua de Comadira; una lengua que nos reconforta y nos reconcilia con una tradición que apenas tuvo lugar entre nosotros pero que, ahora, reconocemos como propia y como nuestra y que se despliega aquí en su sencillez, su humildad, su elocuencia y su eficacia. Una eficacia que muestra de manera ineludible la miseria del ser humano, escindido entre Razón y Naturaleza, dos entidades trágicamente opuestas que favorecen la presencia del mal. Como expone en el Zibaldone y en el leitmotiv de tantos Cantos: «Todo es mal. Todo lo que es, es mal; que exista cualquier cosa es un mal, la existencia es un mal y conducida al mal; el fin del universo es el mal; el orden y el estado, la ley, el movimiento natural del universo no son más que mal. No hay otro bien que el no ser: no hay nada mejor que lo que no es.» ¿Qué puede salvarnos, pues, del dolor y la miseria?, se pregunta tantas veces el poeta. ¿Hay algún antídoto para tanta nulidad? ¿Es todo, en el hombre, tan aciago? ¿Puede salvarnos algo? «El placer infinito que no se puede encontrar en la realidad, se encuentra en la imaginación, de la cual derivan la esperanza, las ilusiones, etcétera.» Y de la imaginación surge la poesía, el único consuelo metafísico que el hombre puede esperar.

Cuestión de exigencia
Narcís Comadira ha convenido, necesaria y libremente, a someterse a la disciplina «del dolor, la paciencia y el trabajo de lo negativo», como tanto le gustaba repetir a Hegel cuando se refería a la dedicación a las ciencias del espíritu y a la lucha y la construcción de los conceptos; el gironés poeta habrá necesitado mucha paciencia, dolor y trabajo (y alguna satisfacción también) para traducir a Giacomo Leopardi; porque traducir al italiano, como ocurre con algunos de los grandes poetas modernos, no es únicamente una cuestión de gusto, de conocimiento e intuición de la lengua de entrada y de la lengua de salida, es cuestión de exigencia moral, puesto que en el caso de Leopardi y, repito, en el caso de otros pocos poetas modernos, es necesario restituir la palabra del poeta al complejo sistema de su pensamiento –el pensiero poetante– que apenas distingue entre recursos expresivos, géneros literarios y registros estilísticos, puesto que atiende a una expresión que encuentra en la escritura el modo más idóneo y coherente para mostrar la extensión de los intereses vitales del poeta que se manifiestan en la filosofía, la historiografía, la teoría literaria, la ciencia, la correspondencia, el humorismo y la miscelánea. Es en la poesía, sin embargo, donde ciertamente se resuelve la tragedia, la búsqueda del conocimiento, la curiosidad intelectual del poeta; y es en la poesía donde se sintetiza la sustancia de un saber que es el saber de la capacidad expresiva de la lengua y de los modos de intensificar sus posibilidades.
Muy próxima a esta voluntad es la voluntad de Comadira para traducir la poesía de Leopardi en su sentido más secreto, en su verdadero ser y en toda su posibilidad de expresión. Apenas cuarenta y un cantos elaborados en el trayecto de una vida corta y desgraciada forman el conjunto de la obra poética de Leopardi y cada uno de ellos es trasladado, construido y comprendido desde su origen por Comadira. El valor de esta edición en catalán de la obra poética de Leopardi no es, únicamente, la fidelidad al texto y la acertada opción de una lengua literaria adecuada, es, sobre todo, la comprensión del origen que hizo posible el poema y considerarlo en el conjunto del pensamiento del poeta y en la totalidad de su obra, vinculándolo al inmenso, inmenso Zibaldone, donde se recoge el germen de la más grande poesía moderna. En una introducción escueta y eficaz, Comadira nos muestra las circunstancias y acontecimientos que participaron en la elaboración de la obra del italiano que, transformados por la gracia de la poesía, trascienden el tiempo y el espacio que la hicieron posible. Las notas que acompañan los poemas dan cuenta de los avatares del poeta, de su situación existencial, de los motivos del poema y de su métrica; de las razones que movieron al traductor a recoger un término u otro, a clarificar algunos conceptos y exponer las ideas dominantes. El cigne de Recanati como dice Comadira que decía Gabriel Ferrater del poeta, encuentra aquí, en lengua catalana, la actualización de su pensiero poetante donde queda manifiesta, paradójicamente, la temporalidad y la intemporalidad de un conocimiento que, por la forma de la poesía, llega a alcanzar la profundidad y la inmediatez de la sabiduría.

(Article publicat a Culturas (La Vanguardia), el 29 de setembre del 2004)

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